
No estás solo
Es muy posible que en algún momento de la vida te hayas sentido solo y lo hayas sufrido, pero ese sentimiento tan humano, que antes parecía circunscripto principalmente al ámbito personal, está consolidándose como un signo de estos tiempos. Los ejemplos manifiestan su diversidad: adultos mayores que enfrentan la pérdida de personas queridas o se ven afectados por los cambios en las dinámicas familiares; jóvenes con dificultades para establecer conexiones sociales debido el uso excesivo de pantallas que, sumado a otros factores, disminuyen sus oportunidades de desarrollar habilidades interpersonales, entre otras tantas manifestaciones. Tal es así que la soledad no deseada se ha convertido en un problema creciente de salud pública y muchos la consideran como una nueva epidemia sobre la cual debe trabajarse en materia de prevención y asistencia.
Este desafío de desarrollo aparece como un factor de riesgo vinculado a enfermedades cardiovasculares, demencia, depresión y una mayor mortalidad. Más allá de la edad, la soledad no deseada —que repercute en el bienestar de las personas y las comunidades— está asociada a factores como el desequilibrio entre la vida laboral y personal, la ausencia de propósitos comunes o relaciones sociales significativas, la desconexión de las personas con la naturaleza, y la falta de desarrollo de actividades gratificantes.
También se reconocen otros elementos que contribuyen a la soledad no deseada, como:
la dependencia tecnológica;
las consecuencias de la pandemia (especialmente, entre la población joven);
los retos del mercado laboral (despidos, pérdida de estatus, etc.);
los cambios en las dinámicas familiares;
el envejecimiento poblacional;
los consumos problemáticos;
las narrativas que reproducen representaciones sociales de la vejez cargadas de discriminación;
y la presión social, entre otros.
Las respuestas de los países
Frente a ello, diversos países han comenzado a implementar iniciativas específicas; posiblemente entre los casos más destacados estén el Reino Unido, Japón, Dinamarca y España. A modo de ilustración, la U3A (Universidad de la Tercera Edad británica fomenta el aprendizaje, la colaboración y el disfrute mediante una red de grupos de interés locales que promueven el aprendizaje no formal, el intercambio de conocimientos y la interacción social.
Por otro lado, Japón desarrolló Fureai Kippu, una 'moneda de tiempo' que permite a las personas ganar créditos ayudando a adultos mayores, fomentando la solidaridad intergeneracional. En Dinamarca, destacan los Cohousing Communities, modelos de vivienda colaborativa que integran a personas de distintas edades para fortalecer la convivencia y reducir el aislamiento social. En España, la Fundación ONCE diseñó un Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada motivados por la sensibilización y generación de conocimiento sobre el fenómeno.
Más allá de estos ejemplos, se han desplegado diversas líneas de intervención tales como: campañas públicas para visibilizar y posicionar el tema, reducir el estigma y motivar acciones individuales y colectivas; programas específicos que incluyen desde soluciones habitacionales que permiten alquileres más accesibles para jóvenes mientras que los adultos mayores reciben compañía y apoyo con las tareas domésticas hasta oportunidades de voluntariado comunitario, entre otras.
Las claves de las iniciativas
A nivel general, las propuestas suelen compartir ciertos patrones:
Tienen un enfoque comunitario, capaz de promover conexiones entre personas mediante redes, actividades culturales y espacios públicos.
Las intervenciones están orientadas a promover el intercambio intergeneracional y así favorecer aprendizajes y construir lazos de solidaridad.
Su abordaje también incluye la planificación urbana mediante el diseño de espacios públicos que fomenten la interacción social, la accesibilidad y la integración de áreas verdes que refuercen el sentido de comunidad y el bienestar colectivo.
Se trabaja en la digitalización para favorecer espacios de formación, participación ciudadana e inclusión, diseñados teniendo en cuenta las características sociodemográficas de la población objetivo u otras cuestiones específicas. Las iniciativas digitales, que no reemplazan el contacto físico, pueden volverse especialmente pertinentes en zonas con baja densidad poblacional o para personas con movilidad reducida. También se diseñan otras para minimizar el uso excesivo de la tecnología y mitigar las consecuencias negativas.
Aunque existen planes o líneas de acción a nivel nacional, muchas iniciativas son municipales porque el principal recurso para abordar la soledad no deseada es la creación y/o el fortalecimiento de redes comunitarias.
Se impulsa la colaboración entre gobiernos, organizaciones de la sociedad civil y sector privado para ampliar el alcance de las iniciativas.
Este marco supone una gran oportunidad para desplegar una línea de investigación y desarrollo (I+D), capaz de crecer en el futuro, que combine generación de conocimiento orientado a la acción, ejercicios de inteligencia colectiva, construcción de consensos entre diversos actores, diseño, evaluación y adaptación de intervenciones innovadoras a fin de favorecer políticas públicas que promuevan la conexión. En el Laboratorio de Aceleración del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) estamos empezando a investigar en este sentido y, por supuesto, no queremos estar solos.