Riders on the Storm: Riesgos compuestos sobre la seguridad alimentaria en América Latina y el Caribe
26 de Octubre de 2026
El Niño está de vuelta, y esta vez no llega solo. Este fenómeno, asociado a temperaturas inusualmente cálidas en la superficie del Pacífico tropical central y oriental, está firmemente establecido y se prevé que se intensifique hasta 2027 y, sobre todo, que coincida con otros choques que afectan a la región. Los pronósticos indican que este episodio podría ser uno de los más intensos registrados desde 1980 (Figura 1), con efectos heterogéneos en América Latina y el Caribe (ALC). Se esperan sequías extremas en Centroamérica, el Caribe, el norte de Sudamérica y Brasil, así como lluvias intensas, inundaciones y deslizamientos de tierra en el Cono Sur.
Para una región que es a la vez una importante productora de alimentos y está altamente expuesta a la variabilidad climática, las implicaciones son significativas. Las sequías y las inundaciones pueden reducir las cosechas, afectar los medios de vida y la generación hidroeléctrica, lo que presiona tanto los sistemas alimentarios como los energéticos. Este #GraphForThought analiza cómo El Niño se combina con otras crisis simultáneas y qué podría significar esto para la seguridad alimentaria en los próximos meses.
Este “Super el Niño” o “Niño Godzilla”, como lo han apodado algunos medios, es solo una parte de la historia. La inestabilidad geopolítica en el Medio Oriente ha afectado el comercio mundial y encarecido la energía y los insumos agrícolas. Las interrupciones en el estrecho de Ormuz, una de las rutas más importantes del mundo para el comercio de petróleo, gas y fertilizantes, dispararon los precios de la energía y los fertilizantes a comienzos de este año (Figura 2). En el punto más álgido de la crisis, en abril de 2026, los índices de precios de la energía y de los fertilizantes superaban en más de 60% sus niveles de abril de 2025.
En la agricultura, estos choques se transmiten por varios canales a la vez. Fertilizantes más caros elevan el costo de producir alimentos. Una energía más costosa encarece las operaciones agrícolas y el riego. Y combustibles a mayor precio aumentan el costo de transportar los alimentos de las fincas a los mercados.
A esto se le suma El Niño. Las sequías, las inundaciones y el calor extremo pueden reducir las cosechas justo cuando los insumos para producir alimentos se encarecen. El efecto sobre los precios no es inmediato ni proporcional, pero la interacción entre estos choques muestra que los fenómenos climáticos rara vez ocurren de forma aislada: se refuerzan entre sí y se cruzan con otras crisis globales simultáneas.
La dependencia de fertilizantes importados de ALC añade otra capa de exposición (Figura 3). A medida que la región se ha consolidado como gran exportadora de alimentos, el uso de fertilizantes ha crecido a la par de la actividad agrícola, pero la producción doméstica de fertilizantes no ha seguido el ritmo de la demanda. Hoy la región importa alrededor del 90% del nitrógeno y casi toda la potasa que utiliza. Esto deja a los productores expuestos a las fluctuaciones de los precios internacionales y a los cambios en la oferta externa. Esta vulnerabilidad no es nueva: los mercados de fertilizantes también se vieron gravemente afectados tras el inicio de la guerra en Ucrania en 2022.
Lo que se está gestando, entonces, es una tormenta perfecta. Un fenómeno de El Niño de alta intensidad amenaza la producción agrícola. La inestabilidad geopolítica encarece la producción y el transporte de alimentos. Y la dependencia de fertilizantes importados amplifica la exposición de la región a ambos choques.
Sin tomar acción, estos choques geopolíticos y climáticos superpuestos podrían agravar la inseguridad alimentaria en ALC, frenar el crecimiento económico y aumentar la pobreza. Aunque la región ha avanzado en la reducción del hambre, el 23% de su población enfrentó inseguridad alimentaria moderada o grave en 2025. Una menor producción agrícola, mayores costos de transporte y energía y los efectos rezagados del alza de los fertilizantes podrían encarecer los alimentos y otros bienes esenciales. Para los hogares con presupuestos ya ajustados, esto puede dificultarles cubrir sus necesidades básicas y mantener una nutrición adecuada.
Aunque cuatro países de la región ya han declarado estados de emergencia, el desafío va más allá de responder a cada choque por separado. Se trata de entender su naturaleza compuesta y cómo las vulnerabilidades subyacentes pueden generar pérdidas acumuladas a lo largo del tiempo.
Navegar el pico de la crisis y lo que viene después: un marco de acción
Si hay un aprendizaje que deja esta convergencia de shocks, es que prepararse para El Niño va más allá de anticipar un fenómeno climático. Requiere entender cómo interactúan las presiones climáticas, geopolíticas y económicas, y cómo las vulnerabilidades existentes pueden convertir shocks simultáneos en retrocesos duraderos para el desarrollo humano.
La buena noticia es que, aunque los países no pueden evitar estos shocks, sí pueden hacer mucho para limitar sus consecuencias. El desafío es pasar de responder a las crisis a medida que ocurren a anticipar sus efectos combinados y fortalecer la resiliencia para enfrentar las que vendrán. Hay tres prioridades clave:
Anticipar los riesgos y actuar antes de que llegue la tormenta. Los gobiernos pueden combinar los pronósticos climáticos con información sobre los precios de los alimentos, la producción agrícola y las vulnerabilidades de los hogares para identificar dónde es más probable que coincidan los riesgos. Los mecanismos de financiamiento anticipado, los fondos de contingencia y las reservas de suministros esenciales pueden ayudar a actuar antes de que los shocks se traduzcan en mayores pérdidas humanas y económicas.
Proteger a las personas antes de que los shocks temporales se conviertan en retrocesos duraderos. Para los hogares vulnerables, un aumento repentino de los precios de los alimentos o la pérdida de ingresos puede tener consecuencias que van mucho más allá de la crisis inmediata. Los sistemas de protección social adaptativa, respaldados por registros sociales actualizados y mecanismos de pago flexibles, pueden brindar asistencia oportuna a quienes están más expuestos. Las transferencias monetarias focalizadas, los bonos de alimentos y el apoyo temporal a agricultores, pescadores y ganaderos pueden ayudar a las familias a mantener su consumo, proteger sus medios de vida y evitar estrategias de afrontamiento (como vender activos productivos) que los hacen más vulnerables en el tiempo.
Abordar las vulnerabilidades que amplifican los efectos de los shocks. Atender las necesidades inmediatas es esencial, pero fortalecer la resiliencia también exige corregir las debilidades estructurales que hacen que las crisis erosionen repetidamente las ganancias en desarrollo. En la agricultura, un uso más eficiente de los fertilizantes, diversificar las fuentes de abastecimiento, ampliar la producción nacional cuando sea económicamente viable y promover alternativas sostenibles puede reducir la exposición a las disrupciones en los mercados globales. También es importante entender cómo estos shocks afectan la vida de las personas más allá de los precios de los alimentos y la producción agrícola. Monitorear los cambios en la pobreza multidimensional, la salud y el acceso a servicios esenciales puede ayudar a los gobiernos a identificar dónde se acumulan las vulnerabilidades y diseñar respuestas más eficaces.
En última instancia, la verdadera prueba de la resiliencia no es solo qué tan bien enfrentan los países la próxima tormenta, sino cuánto menos vulnerables son cuando llega la siguiente. América Latina y el Caribe no puede controlar el fenómeno de El Niño ni la inestabilidad geopolítica. Pero sí puede fortalecer su capacidad para anticipar sus consecuencias, proteger a las personas de los peores efectos y reducir las vulnerabilidades que convierten los shocks externos en crisis de desarrollo. Los shocks pueden ser inevitables, pero sus consecuencias no tienen que serlo.